Burros catalanes esperando la comida en el pesebre del centro de conservación de la especie.

El burro catalán se ‘independizó’ en 2001

El zamorano-leonés y el andaluz también optaron por el camino de la autogestión. Todos siguen en peligro de extinción

En la noche de Sant Joan de 2005 nació en Cardedeu (Barcelona) el ejemplar más puro del asno catalán, “el más alto, el más corpulento y el más fuerte del mundo”. A la hembra la bautizaron con el nombre de Catalana porque “nos ayudará a recuperar la raza”, aseguraba Antoni Valentí, el propietario, en una noticia publicada por el diario El País. Doce años después, la raza sigue catalogada como especie en peligro de desaparecer y el Fuives Centre Ruc Català (Centro Mundial del Burro Catalán) cree que el animal saldrá finalmente del listado, dado el apalancamiento generado en la población, con unos veinte nacimientos al año. En la actualidad, la raza conserva en praderas a 400 borricos de todas las edades, un 40 por ciento menos que hace tres años, momento en el que el burro catalán gozó de una gran popularidad, sobre todo en el movimiento independentista.

Los datos demográficos no son mejores si se comparan con los años 2000 y 2001, cuando el control del censo asnal se traspasó desde Yeguada Militar -organismo ganadero dependiente del Ministerio de Defensa- a la Generalitat de Catalunya. “El número ideal para no hablar de extinción es a partir de mil burros pero no creo que lleguemos. Los recortes en las ayudas económicas en los dos últimos años han acelerado la curva decadente y el final de la raza será desaparecer”, vaticinó ayer Joan Gassò, el ganadero que preside el Faives.

Un garañón catalán de méritos debe ser “sano, resistente, infatigable y mucho más grande que cualquier otra raza del mundo”, dicen los estatutos. Los mejores se cotizaban por encima de los cuatro mil euros en el año 2010. Hoy, el más caro se vende en mil. “La situación es muy mala, el dinero no corre y no parece que vaya a despertarse”, lamenta Gassò. La producción de asnos está parcialmente subvencionada por las administraciones públicas. Cada ganadero recibe una ayuda anual de 100 euros por burro pero mantenerlo cuesta entre 700 y 1.000. “Los gastos que conlleva la gestión y el control del registro de la raza los afrontamos los socios, a pesar de ser un servicio que debería gestionar la administración catalana, y son superiores a los ingresos por inscripciones. Las subvenciones siguen pasando por Madrid y cada vez son más reducidas. Si al final las cortan, será peor”, explica el presidente.

La situación no es mejor en Andalucía. La población actual del burro andaluz, estabilizada en 1.250 ejemplares concentrados sobre todo en las provincias de Málaga y Sevilla, registra cincuenta nacimientos al año, prácticamente la mitad que en 2014, cuando la ayuda pública anual al ganadero rozó los 120 euros por burro, así fuera garañón, hembra adulta o joven. “Este año nos han dado 52 euros por cabeza”, informa Antonio Campos, el presidente de la Unión de Ganaderos de la Raza Asnal Andaluza (UGRA), “frente a los 200 euros anuales que recibe un ganadero extremeño por ejemplar de raza andaluza”.

El andaluz es un burro procedente de Egipto que no consiguió hacerse un hueco en Andalucía -cuna del caballo del ejército- hasta 1834, año en el que se derogaron las leyes aprobadas por la homenajeada Constitución de 1812, que prohibían la utilización del asno para la producción de mulas. Casi toda la normativa incidía en el área de expansión de la raza, Andalucía. No se conoce el momento histórico de esplendor de la raza y los censos elaborados por el Ministerio de Agricultura son generalistas. En 1960 se inscribieron 686.000 asnos y en 1974, la población cayó a 310.000. Estas décadas y las siguientes fueron demoledoras para la especie, pues la mecanización se desplegó en el medio rural con toda su intensidad, acabando con las energías renovables. Ahora, Campos y sus 180 socios buscan nuevos usos asininos en la sociedad actual para que el lema del colectivo siga vigente: “Mientras el mundo se destruía al lomo del caballo se reconstruía al lomo del burro”.

Los mejores borricos de la región celebraban en el marco de la Feria Ganadera del Sur (Fegasur) de Jerez el Campeonato de España del Burro Andaluz, un encuentro que reunía a los mejores individuos del territorio nacional. En 2014 se entregó el último título de un concurso deficitario: “Costaba quince mil euros organizarlo y cubríamos el setenta por ciento de los gastos con las subvenciones y las inscripciones. El resto lo costeábamos los participantes. Las ayudas son muy escasas y tampoco llegan fondos para gestionar el libro de la raza. Nos devuelven un diez por ciento al cabo de dos años”, critica Campos, que lidera un colectivo en el que escasean los ganaderos jóvenes.

En la región del asno zamorano-leonés, la tercera raza más importante del catálogo ibérico, hay censados 1.100 animales. En la actualidad, es la raza más productiva, con cien crías nuevas en 2017. En el territorio existen 40 sementales y 100 burras produciendo. La raza exporta a otras regiones el 25 por ciento de la producción y uno de cada diez nuevos individuos acaba fuera de España. “El nuestro es un garañón agigantado, capaz de cubrir yeguas para obtener mulas”, explica Jesús de Gabriel, presidente de Aszal, la Asociación Nacional de Criadores de la Raza Asnal Zamorano-Leonesa, con más de treinta años de experiencia en la crianza.

Los trabajos de conservación de la raza comenzaron en 2001 con un grupo de diez garañones fundacionales, la mayoría con orígenes en el núcleo de población que mantiene vivo Yeguada Milutar desde 1976, año en el que nacieron en Palencia los primeros cuatro burros militares: uno andaluz, dos zamoranos y uno catalán. Desde entonces, De Gabriel lucha para que el rebuzno se siga oyendo en el medio rural español inventando nuevas aplicaciones, tanto turísticas como agrícolas y ganaderas. El exsecretario ejecutivo del colectivo andaluz UGRA, Juan Manuel López, es muy claro: “Si no buscamos nuevas funciones para el burro acabaremos viéndolo en el zoo”.

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