El jockey Antonio Gallardo (Jerez, 1987), el pasado 2016 en Miami.

El Pecas: “En Florida soy famoso; me invitan a fiestas que no voy”

Antonio Gallardo (163 centímetros, 57 kilos) multiplica el salario a 60 kilómetros por hora. El mejor jockey de Estados Unidos se ha instalado en Nueva York para ganar la Triple Corona. Por ahora, no vuelve a Jerez

Descalificado. Michael Grady era el mejor jockey de Estados Unidos y cayó por las drogas. Por drogar a los caballos. El jurado lo expulsó perpetuamente del oficio la mañana anterior al Derby de Kentucky de 1956 y la prensa vespertina le recordó su fin antes de ir a dormir. Perdido. La taza con los restos de un café frío perdió el contacto con la gravedad para estrellarse en la pared. La mesa rodó, los cuadros de la habitación fueron ultrajados. Rabia liberada. “Oh, Dios. ¿Y ahora, qué? ¿Ahora, qué?”, repetía ante el espejo. Whisky. No hay descanso en La última noche de un jockey. Mickey Rooney pronosticó el castigo con la desesperación. Cuando despertó era otro hombre. Alto y grande.

¿Ese es el final de un jockey, crecer? Puede serlo. Hay muchos, muchos jockeys buenos que se han quedado y se quedan en el camino por acercarse a los peligros que rodean al dinero.

Gallardo ganando el pasado mes de diciembre en Tampa, Florida.

Antonio Gallardo (30) se plantó en suelo americano en 2006, un año antes de la debacle económica, queriendo montar bólidos. Los tres primeros años fueron miserables. Un jinete hispano recién llegado a Florida, en principio, no puede ser mucho más que un groom. “¡Pero si en España no corréis!”, dijo un americano cuando lo conoció. Tres semanas después de aterrizar, el mozo de cuadra enfiló la primera carrera con un penco que se calaba en el país de la velocidad ecuestre. A los tres meses ganó la primera prueba. Un espejismo. Después de la victoria no hubo nada que destacar de la vida de un chico que limpió boxes húmedos de mierda de caballo y pasó frío, miedo y casi hambre. Apenas montó, así que tuvo que fabricar un caballo con palos de madera en el que poder entrenar y modificar la técnica de ataque. Todo aquello desdibujó la inocente sonrisa de un muchacho de 19 años que quería vivir lo que llaman el sueño americano. El billete de avión Jerez-Madrid-Miami fue obsequio de una entrenadora de caballos que conoció en el hipódromo de La Zarzuela. “Debes probar suerte en Estados Unidos. Tienes talento”, dijo.

Menuda encerrona… Fueron años muy difíciles que ya no recuerdo con nitidez. A punto estuve de volver a Jerez. Una etapa de la vida que casi se lleva por delante mi afición.

En la imagen de mediados de los noventa, Antonio Gallardo y su madre en un concurso en Chapín (Jerez), donde aprendió la base de este deporte.

Resistió. El primer año que El Pecas (apodo con el que abandonó España) ganó dinero ganó 20.000 dólares. El año siguiente se cerró con treinta mil. En 2013 se embolsó 24.000 dólares en 24 horas. En 2015, ganó 320 carreras, la estadística americana y 5 millones de dólares. En 2016, 298 pruebas, el segundo puesto del ranking nacional, el primero de un montón de hipódromos de Florida y otro golpe de alucinantes millones. Ha corrido en Nueva York, Pensilvania, Nueva Jersey… El pasado mes de julio se posó en la báscula del Monmouth Park con la ambición de ganar la estadística de Grupo III. Lo hizo con un caballo llamado paradójicamente Pocket Money (Dinero de Bolsillo). En agosto, The Fazz Men lo llevó a la victoria número mil a 37 millas por hora. El Pecas sonríe otra vez. Tiene plata.

Y qué remontada. Su vida es ahora el gol de Señor. Sí. Es más fácil tomar decisiones acertadas cuando no vives con la presión del dinero. Todo mejoró cuando cambié de hipódromo. Empecé a ganar carreras de forma continuada y cuando empiezas a ganar carreras de forma continuada aumentan las opciones de elegir caballo. Casi siempre salgo favorito, mis apuestas se pagan baratas. Aquí en Florida soy muy famoso. En los restaurantes la gente se quiere hacer fotos conmigo, acabo con dolor de antebrazo de firmar autógrafos, me invitan a muchas fiestas que no voy… Ahora vivo bien. Tengo un hogar y una familia.

Antonio Gallardo con la familia en Jerez el día que se casó, en octubre de 2014.

En la curva de Perdices, dos purasangres entrenan para la carrera del fin de semana. El hipódromo de La Zarzuela sigue siendo madrugador a pesar de su delicada salud. Es un amanecer de invierno de principios del dos mil y los velocistas ingleses ya están muy calientes. Los jinetes se miran y desafían en pleno canter. “¡¿Qué miras?!”. “¡Nada nada! ¡Aprendo mirándote!”. “¡Pues tira palante y gáname, gilipollas!”.

José Luis Martínez, el campeón de España de jockeys, ha comentado a este medio más de diez años después que ahora querría ser él el gilipollas. ¿Quiére decirle algo? Exactamente, dijo: ¡¿Qué carajo haces mirándome?! Le dije que no tenía profesor que me enseñara a montar como los buenos jockeys y que la única manera que tenía de aprender era mirándole porque él es el mejor. Fue un flechazo mutuo. Nos queremos como hermanos.


Jóvenes y caballos recalan en las pistas de hierba y arena de la carretera de La Coruña buscando una oportunidad, ganar una carrera importante. Gallardo se enganchó a la adrenalina ecuestre en Jerez, Sanlúcar y Sevilla, conoció el mundo del caballo por descubrimiento guiado de su padre y la familia Correro y del corto pasado se estaba acordando cuando una voz dijo: “El hígado se ha roto en dos. Has estado a punto de morir”. “Dígame, doctor, ¿cuándo podré correr?”. El médico calló. Seis meses después, el chico pulverizaba sus propios tiempos manejando en exclusiva prototipos de pura sangre inglesa.

¿Qué pasó en Madrid? Un error de los que se cometen cuando estás empezando. Era una carrera de angloárabe y mi yegua empezó a zigzaguear desde que salió de los cajones. Perdí el equilibrio y me quedé agarrado a la rienda, lo que no debí hacer, porque seguidamente me vi atrapado debajo de la yegua. Me pisó el abdomen. Sufrí un dolor intenso. Quise levantarme pero no pude. Ahí me quedé, en la pista. Lo siguiente que recuerdo es el diagnóstico del médico.

¿Es más difícil montar yeguas que caballos? Son diferentes. Con las yeguas tienes que ser muy fino con las ayudas porque son más sensibles. Más sumiso y delicado. El caballo te permite algún error, son más brutos. Ellas exigen más como jinete.

El jerezano en un entrenamiento reciente en Tampa.

El graderío de Churchill Downs (Kentucky) está efervescente. El minuto de carrera va a comenzar. En este lapso, la gente puede ganar o perder desde dos dólares hasta todo. Casi todos los presentes han jugado y una mayoría inmensa lo ha hecho online. La apuesta hípica es cultura popular. Este es un hipódromo de primera división pero otro cualquiera como el de Miami, en una de las diez carreras que se celebran un sábado cualquiera, recauda medio millón de dólares. Cuando acaba el carrerón, parte del gentío levita hacia la taquilla porque los bolsillos pesan más.

¿Esto es adicción al juego o al chute de adrenalina? La apuesta hípica es emocionante porque es rápida de resolver. En apenas un minuto, sabes si ganas o pierdes. No pasa con otro deporte. Es intenso. El aficionado, el entrenador, el propietario, el público… Todos reciben el tiro de emoción.

Y el jockey, ¿cómo vive El Minuto? Se vive de otra manera. Mi momento de adrenalina empieza cuando se cierran las puertas de los cajones de salida. Entonces, coloco un pie hacia delante y el otro, hacia atrás. Como un velocista. Sujeto las riendas con firmeza y me agarro a la crin. Siento al caballo y me aprieto con todo el cuerpo para soportar el retroceso. Cuando la puerta se abre, sale disparado y me dejo llevar por él. Me gusta salir cerca de los palos en carreras de larga distancia y por fuera en la distancia corta. La estrategia de carrera se diseña antes con el entrenador pero siempre tengo un plan b porque el a no suele funcionar. Me concentro en ver el hueco por el que pedirle al caballo que se cuele para ganar. No me va mal. Cuando estoy delante me concentro en comunicarme con él. Me gustan los caballos de carácter relajados que se calientan en la carrera. Esos son profesionales. Les chasqueas la lengua una vez y meten cuarta. Chasqueas otra vez y meten quinta. Y, otra vez, ¡y tiene sexta! En la recta final, aprieto los talones contra él, los puños contra su cuello y la fusta en la grupa para que me dé la poquita gasolina que le queda. Se estira y se va del pelotón. Es un subidón. Esos son los caballos que me gustan.

Ajustada llegada de Gallardo en Belmont Park (NY) con el castaño We Did, de Ishak Noiman

¿Se puede apostar por Gallardo desde España? Parece un valor seguro. Es posible que sea fácil hacerlo a través de enlaces como bet365. Este año empiezo una nueva etapa en Aqueduct, Nueva York. Desde que llegué a este país he estado demasiado obsesionado con las estadísticas y mis propios logros de Grupo III en el estado de Florida. Ahora tengo otras ambiciones. Quiero entrar en Grupo I y ganar la Triple Corona. Mis apuestas se pagarán muy caras porque en Grupo I no soy nadie. No puedo elegir caballo. No estaré entre los favoritos. Pero si gano, mis apostantes también. Yo voy a por ello. En esta vida todo se puede conseguir con esfuerzo y trabajo. Ya sé lo que es eso. El sueño americano está por llegar.

Artículos Relacionados