Alfonso X El Sabio tras la toma de Cádiz.

Los caballos de Jerez eran únicos porque comían muchas zullas

Julio César, Alfonso X o el Rey de Prusia elegían “la perfección del amontillado” para ganar batallas, retratarse al óleo y pasear nobleza. El aporte de la sangre árabe y del nutritivo forraje autóctono convirtieron a la comarca en la ‘bodega’ equina de la aristocracia europea

El primer caballo registrado en el stud book de Jerez rejoneó con Julio César los toros tartésicos berrendos como los de las pinturas de Altamira. La frase la sostiene el cronista oficial del Emperador Carlos V, el sevillano Pedro Mexía, y la recoge José de las Cuevas en el libreto Los Caballos de Jerez. Los siguientes ejemplares famosos nacidos en la frontera fueron capaces de cargar más de catorce arrobas entre la armadura y la silla de hierro, de romper con el pecho las cadenas y de revolverse entre cuarenta enemigos musulmanes en las batallas de la Conquista de Jerez. Después de cada jornada -cuentan los documentos de Juan Ruiz, Arcipreste de Hita- los confortaban con yemas de huevo batidas en amontillado. En 1460, el municipio redactó la ley más rigurosa y exigente sobre la cría caballar: “No se puede vender caballos a personas fuera de la ciudad sin permiso del Corregidor”. Y en 1490, las exigencias municipales fueron más allá: “Antes de echar un caballo a una yegua debe ser examinada por los diputados de la ciudad”. Por esta época, los recién llegados monjes de San Bruno comenzaron a enganchar una tartana de madera a un caballo para poder desplazarse por los alrededores sin desbrozar del Monasterio de La Cartuja. Desmatado el recinto sagrado, se iniciaron en la crianza para trabajar en el rendimiento del terreno agrícola que riega el Guadalete y lo hicieron durante tres siglos y medio con paciencia y entrega conventual.

Para cuando Madoz recomienda en la desamortización del Bienio Progresista que los caballos de Jerez se reserven para reyes y nobles, la ciudad ya había exportado potros a castillos, ducados y papados que quedaron apuntados en la lista del Jockey Club. El listado de aristócratas seguidores de los tordos jerezanos lo estrenaron los antepasados de Alfonso XI, El Justiciero, que montaba caballos de la tierra en las escaramuzas medievales. Enrique de Trastámara buscó un caballo de Jerez para escapar a Francia después de ser derrotado por su hermanastro Pedro en Nájera. Isabel la Católica pedía por carta a los miembros de la comunidad eclesiástica “el bueno y especial caballo rucio de Juan Riquel”; Benedicto XIII recibió en Roma de otros ganaderos 100 caballos blancos como el solideo que le cubría la coronilla; otros 15 fueron a desembarcar en los establos del espadachín William Cavendish, I Duque de Newcastle, nacido en el condado británico de Yorkshire, territorio que junto a Jerez, Dublín y Kentucky había sido elegido por Dios para criar buenos caballos, según los ingleses de la época estuarda. Fernando VII recibió un lote de 25 caballos blancos de noble mirada que José de Madrazo plasmó en los retratos con un rigor extraordinario. Un emisario del Rey de Prusia compró en 1803 en La Cartuja un semental por 50 mil reales, lo mismo que valía una dehesa de alcornoques. “El caballo jerezano era una garantía de seguridad y de fortaleza. Llegaban a la perfección de los amontillados”, reconoce De la Cueva. ¿Por qué?

El caballo árabe. En las yeguadas de Jerez jamás ha faltado la sangre caliente y mejorante de los corceles africanos. Se sabe que los monjes cartujos incorporaban sementales árabes a sus establos del mismo modo que los productores de quesos introdujeron carneros africanos para las ovejas andaluzas. Sahara, Abdalá, Fit Plotus, Wan Dyck, Sanderich o Ursus son algunos de los prototipos más recientes que han corregido los perfiles raciales del fondo morfológico andaluz. Los hijos de estos forasteros fueron más hermosos y perfectos que sus progenitores porque crecieron en un clima que permite la abundancia de la avena y la hierba de pradera. El caballo árabe -acuña De la Cueva- se ‘andalucizó’. Ganaron alzada, estilizaron el cráneo, afilaron la cara, dulcificaron el hocico, redondearon la grupa, modelaron el cuello, refinaron las orejas y encendieron la mirada hasta convertirlo en el caballo andaluz actual, en un caballo con curvas. A la influencia arábiga sucumbieron ganaderos como Juan Pedro Aladro, el Marqués de Negrón, de Villamarta, el Conde de Puerto Hermoso, el Marqués de Domecq o la Yeguada Militar, que consiguieron definir un caballo rústico y fuerte como el autóctono y fogoso como el árabe. El caballo andaluz.

La flor autóctona y espontánea llamada zulla.
Pradera de zullas, la flor autóctona y espontánea.

De una unión buscada en porcentajes sanguíneos más proporcionados surgió el caballo hispanoárabe, raza que describe la edad de oro en el primer cuarto del siglo XX. El Marqués de Domecq, sentado en el chippendale y rodeado de botellas de Napoleón, se sonreía de ser el primer jerezano en haber vendido un caballo hispanoárabe a Inglaterra. Y qué caballo. Alah II era esbelto, guapo e inteligente, como Príncipe III, el bien plantado que compró por 50 mil pesetas el Maharajah Scindia de Gwalior. A recoger el potranco vino el coronel Hacksar, que vio cómo las yeguas de Domecq dormían sobre su propia comida, sobre las abundantes plantas tapiceras lengua de gato y zullas, conocidas como el heno de España. “Los prados de Jerez en primavera son tan buenos como pueden ser las mejores praderas europeas”, escribía el capitán de Caballería Hidalgo Tablada, un planteamiento que, aunque hay que admitir con ciertas reservas porque carece de base científica, se repite en boca de otros ganaderos extinguidos. “Es a la zulla a quien oficialmente debemos la gentileza, la agilidad y la precocidad de los caballos de Jerez, que a las pocas semanas de doma ya derriban a la primera y galopan de costado”, defendía Juan Pedro Domecq Díez, que no olvidaba la proverbial calidad alimentaria del cereal de Jerez, tierra que debía llamarse “granero, el eterno almacén de la Naturaleza”, dijo el estoico griego Poseidonios desde la azotea de Cádiz en la que dormía 90 años antes del nacimiento de Jesucristo.

 

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Un comentario sobre “Los caballos de Jerez eran únicos porque comían muchas zullas

  • el Mayo 14, 2017 a las 5:23 pm
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    Maravillosos caballos. Tengo también curiosidad por el caballo de de la región de Doñana.

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